Punto de vista de Sofía
La familiar voz profunda y aterciopelada llenó el silencio de mi oficina, enviando un inesperado escalofrío por mi espalda.
—Hola, Sofía.
Apreté el teléfono con más fuerza en mi mano, mientras mi corazón saltaba por razones que no estaba lista para reconocer. Su tono era confiado, teñido de calidez y con un toque de picardía. Alejandro Santana nunca sonaba inseguro.
—Supongo que recibiste el ramo, ¿no?
—Sí —mantuve mi voz firme, ocultando la confusión que persistía—. Fue... inesperado.
Siguió una pausa, cargada de pensamientos no expresados. Casi podía imaginar la leve sonrisa dibujándose en sus labios.
—A veces las mejores cosas lo son —dijo con suavidad.
Me recliné en mi silla, mis dedos se enroscaban distraídamente en el cable del teléfono.
—¿Es esta tu manera de convencerme para cenar contigo?
—¿Convencerte? —su voz se volvió juguetona—. Esperaba que ya hubieras decidido.
A pesar de mí misma, una pequeña risa escapó de mis labios.
—Suposición atrevida.
—Buen