Una mañana más en la que despertaba en aquella casa enorme, con la incómoda sensación de estar siempre sola. Todo parecía monótono, sin gracia, como si los días se repitieran de la misma forma, cambiando apenas el horario de la luz entrando por la ventana.
Y, por más que estuviera en «paz», sin ninguna presión viniendo de ningún lado, Sara no lograba negar lo triste que se sentía.
Desde el atentado contra Renato, no había salido más de casa. Se limitaba a dejar la habitación solo para comer y,