En el pasillo del centro quirúrgico, Lorena caminaba de un lado a otro, sin conseguir detenerse. El nerviosismo era visible. Renato no era solo su jefe. Era el hombre del que estaba enamorada desde hacía años, aunque nunca hubiera tenido el valor de admitirlo en voz alta.
La incertidumbre sobre la gravedad de las heridas la dejaba inquieta. No sabía qué hacer ni qué decisión tomar. Todo parecía fuera de control, y eso la incomodaba más de lo que le gustaría admitir.
Por un instante, pensó en ll