Al notar la desesperación de Lorena, el corazón de Sara se aceleró y las manos comenzaron a temblarle. Aun así, algo más fuerte se impuso. Por instinto, se acercó a él, ignorando la sangre, el caos y el miedo que intentaba paralizarla.
El pecho de él aún subía y bajaba, irregular, pero subía.
—No está muerto —dijo, llevando la mano a su rostro, como si necesitara confirmarlo en voz alta.
El contacto hizo que Renato reaccionara levemente.
—Renato… —Lo llamó con urgencia. —¿Me oyes?
Él frunció el