En la habitación, Sara todavía estaba envuelta por los brazos de Renato. Sus caricias ahora eran más lentas, casi perezosas, recorriendo su piel como si estuviera marcando presencia, reafirmando algo que solo existía en su cabeza.
Ella permanecía en silencio, mirando al techo, intentando ordenar sus propios pensamientos. El cuerpo aún reaccionaba, pero la mente ya empezaba a pesar.
—¿En qué estás pensando? —preguntó él, rompiendo el silencio.
—En nada —respondió de inmediato, casi automática.
É