La petición no llegó como una orden, sino como un desafío sutil, lo que la dejó muriéndose de vergüenza. Todo aquello era nuevo para ella y, por más que no quisiera admitirlo, su cuerpo reaccionaba antes de que pudiera organizar sus propios pensamientos. Sintió el rostro arder, el corazón latir acelerado y desvió la mirada por un breve instante, como si eso pudiera esconderla de él.
Renato lo notó. Siempre lo notaba.
—¿De qué te da vergüenza, Sara? ¿De lo que estás sintiendo… o de que te guste?