Constança se volvió hacia Odete con la mirada afilada y cortante, y pude notar que las manos de ella comenzaron a temblar de pavor.
—¡Y tú! —dijo, con la voz cargada de autoridad. —¿Quién te dio autorización para traerle comida?
Odete tragó saliva. Sabía que cualquier respuesta podría despertar aún más la ira de Constança contra ella.
—Yo… yo pensé que debía… —Comenzó, pero se detuvo, temerosa, al darse cuenta de que estaba tratando con alguien que no aceptaba excusas.
—Fui yo quien lo pidió —d