Vi la desesperación en sus ojos cuando se dio cuenta de que yo no daría marcha atrás. Aun así, lo que me tomó por sorpresa fue verla arrodillarse delante de mí, juntando las manos como si estuviera rezando.
—Por el amor de Dios, hijo mío… no puedes hacerme esto. Piensa en cómo me voy a sentir...
Respiré hondo, sin sentir ni un poco de pena por aquella escena.
—¿Y por qué pensaría en usted… si usted nunca pensó en mí? —cuestioné, sin suavizar el tono de mi voz.
Ella tembló.
—Desde el día en que