Renato salió de la casa apresurado, pisando con firmeza y sin mirar atrás. Pero, al cruzar el portón, percibió el sonido de pasos que venían detrás de él.
—¿Señor?
Era la empleada que había abierto el portón.
Él la ignoró y siguió hasta el coche, abrió la puerta y ya iba a entrar en el vehículo.
—¡Señor! —insistió ella, acercándose más.
Visiblemente irritado, él se detuvo.
—¿Qué quiere? —preguntó, áspero.
La mujer dudó por un segundo.
—No quiero ser entrometida… pero escuché lo que el señor Lem