El jueves dormí hasta tarde, hasta que me empezó a sonar el teléfono. Restregué la cara por la almohada y abrí un ojo mirando al reloj que colgaba de la pared junto a la ventana.
Eran las tres de la tarde y alargué la mano hasta coger mi teléfono de la mesilla, tiré de él y el cargador se desenchufó de la pared, lo saqué y acepté la llamada aún adormilada.
—¿Diga? —murmuré con la voz un poco ronca.
Se escuchaba una respiración agitada, demasiado, y me dio un escalofrío, ¿era el inicio de un