Enzo me miró y levantó la cabeza detrás de mi; a la mujer ya algo desaliñada por el pijama con los ojos rojos por estar a punto de llorar. O no, quién sabe. Mi madre era rara.
Me acerqué a él y le cogí por el brazo para irnos.
—Vámonos —dije.
Ella aceleró y me cogió a mí del brazo tirándo dentro de la habitación.
—Por favor, por favor, por favor. No te vayas. Quédate. Por favor.
Tiré de mi brazo y ella me soltó. Enzo enseguida me rodeó con sus brazos y se alejó de la barandilla del pasil