“Oh, muérdeme”, refunfuño cruzando los brazos sobre mi pecho y mirando por la ventana.
“Solo di dónde, nena”, él dice inclinándose más cerca, cubro su cara con mi mano y lo empujo hacia atrás. Él me lame la palma de mi mano, la quito de un tirón y la limpio en su camisa.
“¡Ugh! Dios mío, ¡en serio acabas de lamerme la mano!”, exclamó, y él se rie como un niño mientras sale de la entrada de la casa de sus padres.
“No podía morderte, así que improvisé”, él afirma encogiéndose de hombros, lanzán