La mirada de Rafael reflejó la furia desmedida que tenía contra el ser que ya no podía llamar ni pensarla como su madre. Un ser pusilánime que se agarró de lo más valioso que él tenía para hacerlo cumplir sus deseos ya que otra cosa no le funcionó.
La mano firme, el corazón vuelto un galopar y su sangre hirviendo. No pudo quitarle los ojos de encima a la mujer que tenía a un movimiento en falso para acabar con la vida de ambas, mientras Zoé le siguió pidiendo a la pequeña no abrir los ojos.
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