Sebastián permaneció de pie varios segundos después de que Alejandra terminara de hablar.
No porque no tuviera respuesta, sino porque no estaba acostumbrado a quedarse sin control de la situación.
Ella no había levantado la voz.
No había llorado.
No había reclamado.
Y eso era lo más inquietante.
—No estás viviendo en pausa —dijo al fin, con un tono más firme de lo que sentía—. Tienes todo lo que necesitas aquí.
Alejandra inclinó levemente la cabeza.
—No confundas comodidad con vida, Sebastián.