Así que hizo lo que siempre hacía.
Nada.
Observó.
Calló.
Se contuvo.
Pero esta vez…
no le funcionaba igual.
Porque no era una suposición.
Era real.
Alejandra se estaba yendo.
Y no de forma impulsiva.
Sino con una calma que lo incomodaba más que cualquier discusión.
Los días siguientes fueron extraños.
No dejaron de hablar.
Pero dejaron de ser ellos.
Las conversaciones se redujeron a lo necesario.
—Voy a salir.
—Está bien.
—Llegaré tarde.
—Ok.
Nada más.
Ni una pregunta.
Ni u