—¿Quieres a tu marido? —repitió el hombre.
Elena se quedó paralizada por la pregunta, los dedos aferrados al tenedor de forma casi involuntaria.
Marco había roto el silencio con una frialdad calculada, como si el impacto de sus palabras fuera una simple observación sin importancia. Pero para ella, esas cinco palabras pesaban como un ancla en el aire tenso que los rodeaba.
Levantó la mirada con lentitud, topándose con los ojos del hombre, claros, imperturbables.
Había una intensidad en ellos,