El aire en la habitación estaba cargado de angustia, y a medida que pasaban las horas, la ansiedad de la joven madre se volvía más palpable. Estaba sola, acurrucada en la cama con su hijo en brazos, mirando a la cuna vacía de su gemelo, con los ojos hinchados de tanto llorar, mientras Bellini trataba de calmarla.
El mayordomo, siempre confiable y sereno, no sabía cómo consolarla ante tal tragedia. La desaparición de su bebé parecía una pesadilla de la que no podía despertar.
Elena no podía pens