CAPÍTULO — El brindis de los condenados
La cafetería era la misma de siempre.
La misma mesa junto a la ventana.
El mismo murmullo de fondo.
Pero esa tarde había algo distinto en el ambiente.
Una tensión palpable, como si el lugar estuviera buscando la forma de estallar. Había nerviosismo, sí, pero también entusiasmo. Una mezcla incómoda y peligrosa.
Gonzalo Ortega llegó primero ,venia tenso, como si todavía no terminara de creer lo que había escuchado por teléfono. Miraba las fotos e