CAPÍTULO 180— El secreto en el laboratorio
Mía estaba concentrada.
La luz blanca del laboratorio iluminaba el vidrio del microscopio mientras sus manos, firmes y precisas, trabajaban sobre una lentilla microscópica destinada a una cirugía de altísima complejidad. Cada movimiento debía ser exacto. Un error de milímetros podía arruinar semanas de trabajo.
Si esa pieza resultaba exitosa, su nombre quedaría registrado en la historia de la clínica.
Pero por dentro, Mía no se sentía tan firme