CAPÍTULO 11 — EL LIBRO QUE LO DELATA
Salí de casa esa mañana con el corazón todavía encogido, con esa sensación que se instala en el pecho cuando una se despierta y se da cuenta de que su vida ya no es la misma, de que nada volvió a acomodarse en su lugar después de tantas pérdidas acumuladas, y habían pasado apenas veinte días desde la lectura del testamento, pero el nombre “la heredera inesperada” ya me seguía como una sombra que no sabía cómo sacarme de arriba. Los diarios, los noticieros, incluso las redes sociales repetían mi cara recortada de fotos viejas, como si yo hubiera pedido ser noticia, como si todo eso no me quedara enorme.
Necesitaba aire, un espacio donde nadie me midiera por una fortuna que no quería o por una desgracia que nunca escogí, un lugar donde no me miraran como si cargara una culpa que no era mía. Por eso me refugié en la librería que había visitado con Gabriel, ese rincón donde el mundo se detiene apenas entrás y el olor a papel nuevo parece prometerte,