CAPÍTULO — El error final
Mauro despertó en la sala de observación asustado, con un sobresalto que le recorrió el cuerpo entero. Durante unos segundos no entendió dónde estaba. Las luces blancas lo encandilaban. El pitido constante de los monitores le atravesaba la cabeza como un taladro.
Y entonces lloró.
Lloró sin ruido al principio, con lágrimas que se le escapaban solas, sin permiso, sin dignidad. Lloró como lloran los cobardes cuando todavía creen que el mundo puede negociar con ellos