Alonzo observó la puerta con el ceño fruncido.
El sonido de los disparos había cesado, pero lo que vino después lo dejó helado.
Un grupo de hombres encapuchados apareció, arrastrando a los guardias de Alonzo, heridos y ensangrentados, apenas vivos.
La sangre fresca manchaba el suelo de la bodega, y el aire se impregnó con el aroma metálico de la muerte.
—¿Quién demonios son ustedes? —gruñó Alonzo, alzando su pistola.
Roma, con el rostro aún marcado por el golpe, miraba la escena con una mezcla d