Beth se levantó de golpe, como si el aire en el consultorio se hubiese vuelto irrespirable.
—No puedo.
El doctor la miró con seriedad.
—Señorita Ramos...
Pero ella ya no lo escuchaba.
Salió del consultorio con el corazón desbocado, sintiendo que cada latido era un estruendo dentro de su pecho.
El hospital, con su olor a desinfectante y su luz blanca implacable, la sofocaba.
Caminó tambaleante por el pasillo, zigzagueando, sin fuerzas. Su mente era un torbellino de pensamientos, una mezcla de mi