–¿Lo puedo cargar? –preguntó Catalina, en cuanto la sumisa terminó de darle el biberón al bebé.
Nadya asintió.
— Por supuesto, Señora. Yo estoy aquí para ayudarle, pero el pequeño es suyo.
Catalina sonrió, emocionada, tomando al bebé en brazos y meciéndolo en ellos. Mientras la miraba fijamente, Nadya se dio cuenta de que a la señora Visconti le brillaban los ojos por las lágrimas.
–Hola, pequeñín, soy tu mamá.— Susurró Catalina, conmovida.
El bebé engurruñó su diminuto rostro, removién