Sentado a la pequeña mesa de la cocina, Sandro se rebulló en la silla. Trataba de estirar los doloridos músculos de su espalda tras pasar la noche durmiendo en el sofá.
A medianoche, ya había decidido que aquel maldito mueble debería ser considerado un instrumento de tortura. Los pies se le habían quedado dormidos y, además, el sofá cedía en el centro. Por ello, tenía la espalda como un acordeón.
Sin embargo, por muy incómodo que hubiera estado, no se le había pasado por la cabeza marcharse en