Esteban cerró la puerta, sumergiéndola en el miedo y el enojo al verse privada de su libertad.
«¿Con qué derecho se atrevía a encerrarla?», se preguntó furiosa, dispuesta a tumbar la puerta a punta de patadas.
No tenía ningún derecho de hacer esto. No lo tenía.
—¡Sácame de aquí! —gritó dando fuertes manotazos contra la madera de la puerta—. ¡Sácame!
Al ver que sus llamadas no fluían ningún efecto, se aproximó a la ventana para gritar más fuerte.
—¡Auxilio! ¡Sáquenme de aquí! ¡Me tienen encer