La lucha continuó, pero no podía engañarse, no tenía ninguna posibilidad de derrotarlo. Esteban era mucho más grande y ella, en comparación, tan diminuta.
Adhara vio cómo su vida pasaba en un segundo delante de sus ojos, pensó que moriría, que ese sería el final de su existencia.
Pero entonces algo pareció brillar en su mente.
«La llave», pensó, mientras colaba su mano en el bolsillo del pantalón del hombre, sin ser detectada.
—¡Entiéndelo de una maldita vez, no volverás con él! ¡Nunca! ¡¿Te