200. La desesperación de una madre
La respuesta que pidió Erik en aquel tiempo llegó en forma de un golpe brutal. La mano de Valdimir, aquella que tantas veces lo había acariciado con afecto, ahora se estrellaba contra su rostro con una fuerza descomunal. Erik salió despedido, su cuerpo golpeando el suelo frío y duro, rodando hasta quedar a un metro de distancia.
El impacto lo dejó aturdido, un dolor agudo pulsando en su mandíbula. El sabor metálico de la sangre inundó su boca, y un líquido cálido comenzó a brotar de su nariz. Co