Serena se apresuró a acercarse al hombre más poderoso de la velada, aguzando el oído para escuchar qué le pedía.
Esa noche había muchos actores atractivos; bastaba lanzar diez piedras al azar para acertar a nueve guapos.
Pero Esteban no solo destacaba por su belleza: su aura serena e imponente hacía imposible ignorarlo.
Con su metro noventa real —ni inventado ni inflado—, dejaba en evidencia a los que decían medir 1,85 o 1,87. Junto a él, se quedaban medio palmo más bajos.
Serena, incluso con tacones, tenía que levantar la cabeza para mirarlo.
Si hubiera sido aún más observadora, quizá habría notado que Esteban no estaba tan tranquilo como parecía.
Había algo sombrío en sus ojos, un leve destello de locura. Esteban solía oscilar entre ser un caballero impecable y un monstruo que solo quería ver el mundo arder.
En el pasado, cuando estaba de mal humor, se encerraba solo en su lujosa bodega subterránea a beber. Nadie se atrevía a molestarlo.
Pero esta vez había decidido salir... porque