Desde fuera se escuchaban ruidos apagados, voces lejanas y movimiento, pero dentro de la habitación reinaba un silencio absoluto.
Esteban tenía una ligera sonrisa dibujada en los labios.
—Serena —dijo con esa voz grave y cálida que siempre resultaba tan agradable al oído.
Pero esta vez, al oírlo, Serena sintió un cosquilleo extraño en el pecho, una electricidad suave que la dejó tensa.
No quería admitirlo, pero no podía negarlo: Esteban era un hombre con un encanto magnético.
Sin embargo, en es