Para conservar su sueldo del mes siguiente, Serena siguió a Esteban con cara de súplica, juntando las manos como si rezara, rogándole que le diera otra oportunidad.
Después de todo... ella era una belleza. ¿Y si se enteraban por ahí que besarla costaba una multa de veinte millones de dólares? ¿Cómo iba a mantener su reputación de mujer deseada?
Esteban ni se molestó en responder.
Serena no se dio por vencida:
—¿Y si tú me devuelves el beso? Quedamos a mano.
Él se detuvo de golpe.
Serena, sin ti