Enrique hundió la mirada, tocó su mejilla, las lágrimas rodaron por su rostro.
Amaranta estuvo a punto de irse, pero Enrique se abrazó a ella.
—¡No te vayas, mi amor! Yo te amo, juro que te amo.
—¿Sì? Me amas tanto que me engañaste, me miraste a los ojos y mentiste, ¿Qué querías de mí? ¿Sexo? ¿Soy tu obsesión? Qué asco me das. Miraste mis ojos, hablaste de amor, ¡de boda! ¿Harías una boda falsa?
Él no respondió, las lágrimas rodaban por su rostro.
—¡Lo hice por los dos!
Amaranta le mirò con horr