Catorce días después.
Mariza y Amaranta comían en el jardín.
—¿Estás segura de lo que harás, Amaranta?
Ella sonriò.
—Muy segura. Eres la única que lo sabe todo, Mariza. Es cierto, amo a Enrique, pero ¿de qué me sirve amarlo así? Èl me ha destruido. ¡Se casó con esa mujer! Lo odio, me humilló tanto. De una forma que aún no puedo entender.
Mariza tomó su mano.
—Amaranta, sé fuerte, pero piensa en lo que vas a hacer, no quiero que te equivoques.
La empleada entró y trajo un ramo de rosas.
Amaranta