Amaranta retrocedió un paso. Enrique intentó acercarse, pero Mónica, que presintió algo, tomó su mano y lo alejó.
—Al fin apareciste, y mira quién te trajo, ¿se escaparon juntos? ¿O la sacaste de un burdel?
Amaranta ni siquiera se defendió, solo miraba a ese hombre con profundo dolor.
—¿Qué pasa…? —Silvia se quedó perpleja al ver a esa mujer ahí.
—Felicidades por su boda, lamento haber escapado y no poder estar en mi boda, me arrepiento —dijo Amaranta con la voz casi rota por el llanto.
Fue el