Los guardias corrieron hacia la dirección que Amaranta les dio y los empleados corrieron a socorrerla.
—¡Llamen a una ambulancia, llamen a mi esposo! Voy a dar a luz.
Obedecieron al instante.
Enrique corrió rápido, subió a su coche y se alejó cuanto pudo, estaba enfurecido, con ojos inyectados en sangre, y lágrimas rebotando en su rostro.
No podía creer que la mujer que amaba ahora tendría el hijo de otro hombre.
«¿Por qué no me esperaste, Amaranta? Si lo hubieras hecho, seríamos tan felices. Te