—¡Enrique! ¿Cómo entraste?
El hombre sonriò.
—¿Importa? Dame el dinero, apúrate.
—¿Matarás a tu padre?
—¡No me tienes! Tú eres el culpable de todo esto —sentenció con rabia, sus ojos brillaron, Jerónimo pudo ver lo mal que estaba, sucio, desalineado, con una barba larga, espesa, y tan delgado como si hubiese pasado hambres.
Jerónimo abrió la caja fuerte, le dio casi todo el dinero ahí.
—Es todo el efectivo que tengo. ¡No te vayas, Enrique!
Enrique le mirò fijamente.
—¿No? ¿Y qué harás? Dime, ¿Ac