Corina se quedaba sin aire, su rostro enrojeció, sus ojos le miraban con terror, pero al final, Arturo no pudo hacerle daño, no tenìa la sangre tan fría, la soltó.
La mujer cayó de rodillas al suelo, estaba muy asustada.
—¡Arturo…! —exclamó con la voz rota.
—¡No sabes cuánto te odio, Corina! Desearía matarte, eres mala, maldigo la hora en que te conocí, te aborrezco con la vida.
La mujer sollozó, no lo amaba, pero resultaba que ese hombre era todo lo que tenìa para ser feliz, ahora que sabía que