Mariza fingía estar en calma, pero había algo que ya no le agradaba, sentía que algo estaba muy mal.
Pronto el auto llegó a la gran mansión Santalla.
Bajó del auto y fue adentro.
Apenas cruzó el umbral de la puerta, el silencio y la calma parecían apoderados de ese lugar, eso fue más extraño.
—Mariza, bienvenida, querida.
La voz de Mónica logró romper la paz de Mariza, verla la hizo sentir de mal humor.
—Vine a ver a Jerónimo.
—Te espera en el despacho —dijo la mujer con toda calma, pero Mariz