Mis pies no se mueven lo suficientemente rápido mientras avanzo por el pasillo, aún puedo escuchar la serie de maldiciones a mi espalda.
No están ni tibios, si piensan que me voy a casar con Ares.
—Prefiero someterme a una esternotomía —farfullo.
Me detengo en seco cuando me topo con Helena que está sentada en uno de los sofás y me mira con una sonrisa sabedora.
—Sabía que saldrías de esa oficina apenas mi querido esposo abriera la boca.
—Tu esposo es un imbécil.
Se pone de pie.
—Tiene el tacto