Las horas pasan lento y la espera se hace eterna.
Se supone que esto no pasaría.
Se supone que él estaría conmigo por mucho tiempo.
Pero, no. Ares se ha ido.
Mis lágrimas ruedan por mis mejillas mientras el silencio sepulcral del salón en la mansión de Cillian amenaza con ahogarme.
El mismo es irrumpido por una voz muy casi histérica.
—¡Los quiero a todos muertos! —me estremezco cuando escucho el grito de Cillian.
—No es el momento.
—¡No me importa! Quiero a cada uno de los suyos muertos.
—Eso