Capítulo 53. No podía tener piedad.
Después del golpe, se escuchó otro con mucha más fuerza y la puerta se abrió, dejando entrar a un hombre muy grande, el cual se veía bastante intimidante y furioso, sorprendiendo a todos.
Aria se quedó aturdida mirándolo como si hubiese visto a su ángel guardián, no entendía porque él estaba aquí, pero era el único que podía salvarla en este momento.
— Es mejor que la sueltes ya si quieres conservar tus manos. — Advirtió Victor con la mandíbula tensa y entrecerrando los ojos.
— Señor es mejo