El crujido de la madera vieja y los lentos pasos del burro que tiraba de la carreta habían sido los únicos sonidos que me habían acompañado durante las últimas dos horas. El camino de tierra por el que viajábamos estaba cubierto de polvo seco y piedras dispersas. La carreta avanzaba entre colinas verdes, y la mañana era increíblemente silenciosa.
Tan lejos del caos de la ciudad.
—No nos estaremos mudando a otro planeta, ¿verdad? —pregunté, rompiendo el silencio.
Nina soltó un bufido divertido.