—¿Al menos se ha parado a pensar en el daño que le hará a su hijo cuando se entere de la verdad? —la mujer ni se inmuta ante aquello—. Veo que no es así, tan cegada está por la avaricia que siquiera le importa los sentimientos de su hijo.
—No tienes derecho a opinar en esto, también estás siendo avariciosa al haber aceptado este trabajo sabiendo el objetivo —replica y la joven aprieta los puños a los costado de sus brazos.
—Es tan malvada —espeta con odio.
No le queda dudas de que aquella mujer