—No. Estoy bien.
Al otro lado del teléfono se escuchó un suspiro.
—Julieta, si quieres la antigua casa de los Rosales, yo puedo ayudarte. La familia Soto puede pagar los setenta millones.
—No es necesario —Julieta se lamió los labios resecos—. Cualquiera que se acerque a mí se convierte en un desgraciado. Primero fueron mis padres, luego don Camilo, ahora está tu accidente automovilístico e incluso una cuidadora que fue despedida por el simple hecho de defenderme y decir unas palabras en mi nom