—¡Julieta! —gritó Leandro con enfado.
Probablemente porque había pasado por esa situación muchas veces antes, Julieta no reaccionó con ira. Se limitó a mirar a las dos personas con ligereza.
—Ni lo pienses. No cuidaré de ella.
—¿Ya no quieres la vieja mansión de la familia Rosales?
Julieta resopló.
—Con esta amante perversa cerca, aunque me ponga de rodillas para lamerle los dedos de los pies, no me dejará recuperar la mansión —sonrió hacia Dalila—. ¿Verdad, Dalila?
Apoyada en los brazos de Lea