Después de unas cucharadas, Julieta sintió que su garganta mejoraba notablemente.
Tosió un par de veces e hizo una mueca de dolor en su garganta.
—Gracias, señor Soto.
—Déjame eso.
Ismael obedeció y ordenó su cama.
—Ven, y come algo. Te he preparado un poco de caldo, además hay tocino ¿Te parece bien?
Recordó que Julieta quería este caldo expresamente.
Así pues, pidió a alguien que cocinara el caldo. Cada dos horas, había que cambiar el caldo del tarro de comida por otro nuevo.
Julieta no sabía