Esa noche, Vanessa volvió a beber de más.
No quería hacerlo.
O eso se dijo mientras servía la primera copa.
Después la segunda llegó sola.
Y la tercera también.
La casa estaba vacía. Los dormitorios de los chicos abiertos, sin mochilas, sin voces, sin música baja, sin Emma pasando de puntillas para mirar si su madre lloraba.
Se había quedado sola y ya no tenía nada.
Solo la casa y ella.
Una casa donde todos estaban empezando a irse. Entre copa y copa recordó un poco de la discusi