—¿Entonces nos mudaremos a Nueva York? —preguntó Felix con el rostro iluminado por la alegría. Sus grandes ojos redondos, que se habían ensombrecido por el miedo unas horas antes, ahora centelleaban con una pura curiosidad.
—Sí, mi amor —respondió Elly, esbozando una sonrisa de satisfacción al ver la entusiasta reacción de su hijo. Su pecho, que antes se sentía oprimido por las amenazas de Erick, de pronto se inundó de una sensación cálida y espaciosa. Contemplar cómo una pequeña risa volvía a