—…Para espiarme —concluyó Erick, completando la frase que había dejado en el aire. Su tono de voz sonaba sumamente gélido y acusador.
Elena frunció el ceño, intentando procesar las palabras de su hijo.
—¿A qué te refieres, Erick? ¿Quién te estaría espiando? ¡¿Y por qué demonios haría yo una estupidez semejante?! —exclamó Elena.
Elevó la voz de forma deliberada para ocultar su nerviosismo. Sin embargo, en lo más profundo de su ser, exhaló un suspiro de inmenso alivio.
Las sospechas de Erick est