—¡Jamás habría discurrido en mi fuero interno que la madre que me confirió la existencia fuera capaz de consumar una vileza de semejante calaña! —bramó Erick, al tiempo que rotaba la anatomía y abandonaba el recinto, clausurando la portezuela con una violencia descomunal.
¡PUM!
El rudo estrépito de aquella monumental hoja de madera resonó con fuerza, haciendo vibrar los muros de la estancia y dejando tras de sí una quietud sobrecogedora.
Elena exhaló un prolongado suspiro, procurando restablece